miércoles, 18 de abril de 2012

In the crest of the wave: El cuento de las flores en el suelo del desierto

El cuento de las flores en el suelo del desierto


Érase una vez un valiente elefante llamado Bunu y una preciosa elefante llamada Siri. Se conocieron a la orilla de un lago. Era de noche y no podía verse nada. Ambos se habían perdido porque su manada había sido víctima de los malévolos cazadores furtivos. Aún asustados caminaban hacia atrás hasta que sus temblorosas caderas chocaron suavemente. Se asustaron mucho y gritaron hasta que se dieron cuenta que ambos eran elefantes. Sin poder ver nada charlaron y charlaron y mientras hablaban ambos pensaban “Es el animal más tierno, sensible e inteligente que jamás he conocido”.

De repente algo mágico sucedió: sin haberse podido ver aún, Bunu y Siri se besaron. Justo en ese momento comenzó a amanecer y tras ese largo y bonito beso ambos abrieron los ojos y se vieron por primera vez. Ambos supieron que estarían juntos para siempre.

Sin conseguir encontrar a la manada, Bunu y Siri permanecieron juntos y felices durante años y, cuando creían que no podían ser más felices, Siri descubrió que tendrían un hijo. Al contárselo a Bunu ambos entrelazaron sus trompas y una pequeña lágrima brotó de sus mejillas, cayendo al árido suelo.

Finalmente nació un precioso bebé elefante al que llamaron Noim. A los pocos días de haber nacido, Noim ya daba muestras de su gran pasión: ante los emocionados y atentos ojos de Bunu y Siri, Noim pasaba las horas persiguiendo las mariposas que encontraba a su paso para jugar con ellas. Las mariposas, siempre temerosas al principio, iban conociendo las pacíficas intenciones de Noim y, finalmente, jugaban con él.

Un día, mientras se lavaban en un lago, Noim le preguntó a su padre por qué nunca había visto a ningún otro de su especie, por qué estaban solo ellos tres. Ante la mirada de Siri, Bunu comenzó a contarle la historia de como se separaron de la gran manada. Antes de que terminase de contar la historia, un estruendo sonó. Noim vio como un agujero aparecía en la cabeza de su padre, que caía desplomado en el agua. Siri obligó a Noim a correr mientras los cazadores seguían disparando. Siri y Noim consiguieron escapar. Los cazadores llegaron hasta Bunu. El cazador que había disparado iba acompañado de su hijo. Era el malvado y despota rey y el pequeño príncipe.

Hijo mío, ¿ves aquel pequeño elefate que ha escapado con su madre? Algún día dentro de muchos años podrás cazarlo como yo he hecho con éste -le le dijo el rey al príncipe-¿Por qué, papá?, ¿por qué habría de matarlo? –contestó el principe- Porque estamos por encima de ellos y debemos demostrarlo así –respondió el rey. Pero papi, siempre dices que estamos por encima del pueblo y a los súbditos no les matamos –replicó el príncipe-. Claro que no hijo mío –explicaba el rey- porque ellos son personas y no animales, además eso no debe de hacerse nunca. Las personas no deben de ser asesinadas, han de ser respetadas. Las personas, a diferencia de los animales hablan, ríen, trabajan, pagan sus impuestos... ¿lo entiendes ahora?. Sí, papá –afirmó orgulloso el príncipe-.

Mientras se fotografiaban con el cadáver de Bunu no se percataron de las dos flores que había tras ellos. Esas dos flores nacieron gracias a las lágrimas de Bunu y Siri.

Al volver a su tierra el rey mostraba orgulloso a sus conocidos las fotografías pero, ni el rey ni ninguno de sus amigos, lograba ver en la fotografía esas dos flores que habían crecido en el árido suelo porque ninguno de ellos sabe ver ni la belleza, ni la fragilidad, ni mucho menos los milagros que nos rodean.

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